La condición
suprahumana de la comunicación
Para algunos entrevistados, la
comunicación es producto
de acciones, movimientos y flujos
ajenos a la condición del
ser humano, es decir, que tienen
un origen divino o están
dados en la naturaleza como el rayo
o las montañas. Esta concepción
puede explicarse desde la definición
que Berger y Luckmann (1991) proponen
al concepto de reificación,
que consiste en la “aprehensión
de los productos de la actividad
humana como si fueran algo distinto
de los productos humanos, como hechos
de la naturaleza, como resultados
de las leyes cósmicas, o
manifestaciones de la voluntad divina”,
(pág 116).
La reificación es un desconocimiento
de la obra del hombre, del orden
que éste le ha dado al mundo.
Al desconocer la dimensión
creativa del ser humano, niega al
mismo tiempo la posibilidad de modificar
lo creado. Deja en manos de las
fuerzas suprahumanas la transformación
del mundo.
“para mí la comunicación
es un milagro, es un milagro maravilloso,
eh, nunca lo he podido desentrañar,
para mí será una incógnita.
Porque uno está acostumbrado
al cuentico de que el emisor del
mensaje, el canal, el contexto y
el, el receptor, y resulta que eso
así tan sencillo no es, ¿cierto?
Es un milagro creer que lo que yo
te digo, tú me lo captaste
igual, igual a como yo esperaba,
¿cierto? (...) No le hemos
prestado atención a ese valor
tan, tan grande. Y los que somos
creyentes, eh, cuanto más
importante es la comunicación
con, con el Ser Supremo, que es
el que nos da todas las, las, los
elementos para interrelacionarnos
en armonía con, con el universo,
y esa parte me parece muy importante.
Cuando uno no tiene en cuenta eso,
se pierde de muchas cosas”,
(Docente).
Al aceptar la condición
suprahumana de la comunicación,
se conmina al individuo a mantener
el statu quo, y toda iniciativa
de cambio será tomada como
un atentado contra la armonía,
el equilibrio dado. Dicho equilibrio
es una verdad incuestionable, casi
de carácter teológico,
que mantiene cierto orden en las
relaciones sociales, que elige los
“médiums” para
comunicar el milagro de la vida
y cómo debe ser vivida, además
de conferir a los adultos una autoridad
sin cuestionamientos. Desde esta
noción reificada del mundo,
la comunicación no llega
a ser una condición, ni siquiera
una virtud. Es un don de la autoridad
adquirido muy probablemente a merced
de la paciencia.
"No todos estamos para comunicarnos,
no todos tenemos la disposición
para hablar, no todos tenemos para
escuchar al otro. Yo he aprendido
en este oficio de directivo a escuchar
porque me ha tocado, ¿Sí?
Porque le dicen a uno, vea, usted
no escucha, usted no sé qué.
Entonces prácticamente le
dicen a uno que uno los amarra de
manos y patas y les pone esparadrapo
en los oídos y eso. El asunto
es que (…) yo realmente, sí,
yo a veces los escucho. Yo toda…
Me he dado el lujo hasta de demorarme
media, una hora escuchándolos.
Así, fijamente o… Y
después, con dos o tres palabras
les digo, esto es así. Esa
es mi forma, realmente, yo no (…)
no creo que castigue a nadie con
eso ni que (…) la gente se
sienta mal", (Directivo Docente).
La
comunicación, constructora
de sentido
Como hemos visto, algunos actores
escolares asumen la comunicación
desde un afuera inmodificable cuyos
flujos son aceptados como las mareas
o el movimiento de los astros; o,
en el mejor de los casos, la vinculan
con una instrumentalización
que posibilita el entendimiento,
pues distribuye funciones, tareas,
asigna canales y privilegia mensajes
que garantizan la perfecta marcha
de la institución.
Pero, justamente, la imposibilidad
de aprehender la comunicación
estriba en que a ella no se le asigna
un solo sentido. Así, por
ejemplo, destaca en algunos de los
discursos su carácter dialógico,
esto es, de intercambio de sentidos,
visiones de mundo y, en muy pocos
casos, construcción colectiva
de realidades.
Esta noción, expresada primordialmente
en términos dialógicos,
corresponde al propósito
de la escuela por vincularse a los
contextos cambiantes que la rodean.
Es sabido que desde hace algo menos
de una década (al menos en
Colombia) la escuela ha afrontado
el reto de formar no sólo
en los conocimientos técnicos
o académicos, sino en principios
ético-políticos. A
partir de este reto, los actores
escolares han tratado de darle un
giro a las maneras de asumir la
convivencia, algunas veces incluso
han adoptado el conflicto como un
potenciador de las relaciones existentes
y dinamizador de la cultura escolar.
Bajo esta idea, el individuo posee
un mundo personal que desea compartir.
No se trata sólo de un ejercicio
egoísta, sino de la posibilidad
de “darse a entender”,
de “expresarse”, “compartir”,
acudiendo a otras formas de comunicación
además de las aceptadas por
la institución.
A través de ese “darse
a entender”, los actores escolares
creen hallar un signo de satisfacción
a su necesidad de ser escuchados,
de encontrar pares con quienes asignar
otros sentidos a lo que viven y
comparten.
“Comunicar es la posibilidad
de intimar, intimar en el sentido
de que me descubro y la otra persona
se descubre. Eh, me descubro para,
para ver qué hay, para ver
qué encuentro, para ver qué
siento, para ver qué, qué
aprendo, ¿Sí? Pero
en esa comunicación de intimar,
hum, es válido y es necesario
tener en cuenta por qué yo
llego y la otra persona ----- (No
se escucha). La comunicación
debe ser algo para, para realizarse
juntos, para sentirnos juntos, para
vivir juntos, no para imponer...”,
(Docente).
“Pues para mí la comunicación,
yo creo que es poder hablar con
otras personas sin miedo, como tenerse
confianza, cariño. Yo creo
que comunicación es poder
entenderse con los otros, por ejemplo
con los muchachos yo por ejemplo
creo que entre mi hija y yo hay
confianza porque nos contamos todo.
Cuando estamos tristes, yo le hablo
del novio que tengo, ella me dice
que le gusta ese muchacho y...y
compartimos, sí, compartimos
muchas cosas. Entonces eso es para
mí comunicación: compartir,
tener confianza, hablar, eso”,
(Madre de familia).